Era mi primer día en la escuela primaria. Asustada, con mi guardapolvo reluciente, acompañada por mi madre, esperaba ansiosa lo que aún desconocía.
Luego del saludo de una Señora muy seria, que luego supe que era la “Señora Directora”nos hicieron formar una fila, y por apellido fueron formando los grupos.
Entramos al salón, era de techo saltos, muy altos para mi que sólo tenía 6 años, ventanas que dejaban pasar la luz que provenía de un patio descubierto.
De repente la vi llegar. Alta, elegante, majestuosa, con una cola en su cabello y un moño que la hacía impactante, se presentó, “yo soy la Señorita Delia”…
Señorita Delia, la que me enseñó a leer y escribir, la que me corrigió tantas veces la letra “a” manuscrita hasta que aprendí a realizarla como se debía. La señorita que cuando te corregía las tareas te estimulaba, la señorita que nos hacía bromas, y no por eso le faltamos jamás el respeto.
Delia era una mujer especial, la vida quiso que luego volvieraa tenerla en segundo y tercer grado, era como siempre se decía “nuestra segunda mamá”, ella conocía todo de todos, ella se divertía junto a nosotros armando los actos escolares, hacía las coreografías y se movía, bailaba para motivarnos.
Ella fue la que un día decidió que para que no nos aburriéramos en los recreos nos enseñaría a patinar, ya sí fue, se tomaba el trabajo de llevar patines para los chicos que no contábamos con ellos.
Ella es la protagonistadel mejor recuerdo que tengo de mi paso por la escuela primaria, la “Señorita Delia” con sus aros, sus collares, sus flores en la cabeza, sus “muy bien diez te felicito” que te motivaban tanto, su paciencia, su alegría…
¡Vaya mi recuerdo para ella, y mis gracias por haberme alegrado un aparte de mi infancia!
Me conoció cuando apenas vi la vida, estoy segura. Su estampa era imponente:alta, guapa, de anteojos, y llevaba sus años retorcidos en un rodete.
La acompañé desde que tuve dos días de nacida… Estuvimos juntas desde que me acuerdo…Conoció cada muestra de mi llanto: hambre, dolor, los dientes nuevos. Y también se reía mucho conmigo y disfrutábamos de nuestra compañía cotidiana. Su mundo estaba acotado a mí y a las tareas del hogar. Su esposo había muerto hacía un tiempo, y algo de ella había partido con él. Su casa, mi casa de la infancia, rebosaba de olor a jazmín y de helechos tupidos y verdes. Imborrables me resultan su caldo de pollo y ese aroma de colonia AMBRÉ que se esparcía por todos los rincones.
Éramos muy compinches…Cuando fui creciendo, me gané acompañarla de visita a la casa de sus amigas, como se estilaba en otros tiempos. ¡Cómo me atendían esas mujeres! Acostumbraban servirme COCA COLA –un lujo en mi casa- y unas masitas exquisitas que, juro, jamás volví a probar aunque las he buscado en varias oportunidades. Yo era muy juiciosa –eran sus palabras- y muy educada, por eso me dejaba acompañarla. Si uno de sus hijos la llevaba de vacaciones, yo debía ir con ella; tal era el grado de mancomunión que había ente nosotras…
Me hizo querer el tango y disfrutar de la lectura… Para mis cumpleaños, siempre tuve dos regalos de parte de ella: el día de la celebración con mis compañeros de colegio, un obsequio que a mí me gustaba; el verdadero 7 de junio yo esperaba su regalo más querido: un libro.
Yo me quedaba a dormir muchas noches de la semana en su casa, “mi hogar”.Teníamos largas charlas cuando la programación de la televisión terminaba –a las doce de la noche- y,muchas veces, radio encendida mediante, compartíamos unos partidos de ESCOBA DE QUINCE y de CHINCHÓN inolvidables.
Pasamos juntas muchas cosas: el nacimiento de mi hermana, la separación de mis padres, las enfermedades de la niñez… Y también estuve ahí cuando recibió la infortunada noticia de la muerte de un hijo… De allí en adelante, nunca fue la misma que yo conocí…Sus ojos grises se tornaron más grises aún y el tiempo le regaló más canas de las que hubiese querido…
Pasamos los años compartiendo vivencias y comidas de mediodía… Tuve mi primer hijo, a quien también quiso como a mí. Jamás olvidaré las noches en que él y yo nos refugiábamos en su regazo, ¡con qué dulzura le cantaba a ese niño para que durmiera!
Lamentablemente, en determinado momento su mente enfermó: estaba llagada con los aconteceres de su vida y no vivía con la lucidez que demostró siempre tener. Yo sentía un dolor tan grande al verla en esa condición, que estuve largo tiempo sin verla –pero, eso sí, recordándola cada día-. Ella ya no gozaba de mi compañía ni conocía a mis hijos.
Pero la vida me dio la oportunidad de cuidarla yo a ella, cuando su cadera se quebró y su espíritu se entregó sin ganas de luchar: mientras estuvo internada, la acompañé con el mismo amor con que ella estuvo durante todos nuestros años compartidos; yo le daba de comer, le contaba historias, escuchaba sus delirios… uno de esos días, tuvo un lapsus, mientras la ayudaba con su almuerzo, y me dijo: “¿Viste, Marcela? Ahora vos me das de comer a mí”. Nunca más se recuperó…
Han pasado muchos años desde su muerte; jamás pude llorarla… Tal vez, porque todos los días rememoro esos momentos que me regaló y me emociono mucho, pero con alegría…
Vaya este recuerdo para mi amada ABUELA: DOÑA ROSA (06/3/1906 – 28/4/1994) Escrito por: MARCELA
Gracias querida Marcela, por compartir esta tan bella historia, no hay mejor homenaje para los seres amados que el recuerdo feliz de su existencia.
Me encontraba sentada en un bar de mi ciudad, cuando las vi llegar. Caminaban muy despacio, esperándose una a la otra.
El blanco de sus cabellos iluminó mis ojos, miraron un sitio, posiblemente ese era desde años “su lugar”, tomaron asiento, siempre esperándose, como siguiendo el ritmo que sus cuerpos ancianos les permitían.
El mozo se acercó, y les trajo la misma bebida. Muy delicadamente comenzaron a beber y a charlar, estaban lejos de mi, no las escuchaba, entonces fue cuando me permití empezar a soñar.
¿Qué me decía esa imagen?
Años de amistad, ternura, manos arrugadas, movimientos suaves y pensados, miradas cómplices, risas tímidas y cuidadas.
Señoras de aproximadamente entre 70 y 80 años de edad, con sus vestidos planchados, sus mínimos tacos, sus manos llenas de anillos, pulseras, sus aros pendiendo de sus orejas, sus bocas pintadas suavemente para resaltar la palidez propia de la edad.
Se miraban, era un momento íntimo, dónde se respiraba amistad. Se hablaban muchas veces con sus ojos, otras con sus propias voces.
Tal vez recordaban, tal vez se contaban algo de lo cotidiano. Me preguntaba, ¿dónde se habrían conocido? Serían amigas desde la infancia, o quizá el trabajo hizo que se conocieran, serían consuegras, amigas del barrio, madres cuyos hijos compartieron el colegio.
En mi surgían preguntas, en ellas fluía el momento, un momento íntimo de amistad, y me puse a pensar, en cómo necesitamos los seres humanos para llegar aesa edad en plenitud de esos momentos, de cariño, de recuerdos, de secretos, de un tiempo para sentir que aún se está vivo.
Una de ellas caminaba acompañada con un bastón, así y todo no se quedó en su casa,sino que salió, se animó a seguir siendo parte de este mundo.
Y les agradecí desde mi alma, permitirme ser testigo de un momento tan hermoso.
Valeria
Y recordé este poema de Hamlet Lima Quintana
GENTE
Hay gente que con solo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con solo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.
Hay gente que con solo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con solo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.
Hay gente que con solo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada
Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria.
Foto internet Faumelisa Febe Manquepillán Calfuleo de origen mapuche-williche, es poetisa, artesana en piedra, madera y textil.
Faumelisa a participado en varias ferias de artesanía: la más importante fué su exhibición "Artesanía y Cultura mapuche el año 2001 en Washington,USA" , el 2006 por medio de un FONDART realizó el proyecto "Artesanía Mapuche a la Sociedad Civil" , el 2008 participa en asamblea de Naciones Unidas que se lleva a cabo en Nueva York.
En la actualidad trabaja en su taller de Artesanía en la comunidad indígena de Pukiñe, en Lanco.
Faumelista también fue antologada en 20 poetas mapuches contemporáneos. Gran representante de estos pueblos originarios, en sus imágenes esculturales habla de la identidad cultural y su relación con los recursos naturales.
Faumelisa siempre ha tenido como norte el trabajo de hacer identidad con los jóvenes y por eso considera importante como puerta de entrada a este sentir , su poesía , seguida de las otras expresiones artísticas de las que ella hace uso y domina ,escultura, canto ,lanigrafìa ,que la ayudan a elaborar todos los lazos que colaboren a su fin que es interesar a la juventud y enriquecerlos en información dando real importancia al rescate de la identidad desde una perspectiva mas plural y motivadora de la que puedan hacer uso común tanto la sociedad Mapuche –Huilliche y la otra asociada al resto de la comunidad que no está ligada directamente y o pertenece a pueblo originario alguno.
Su poesía sin embargo es una de las fortalezas dentro de todo su arte, es encantadora, tanto como ella misma, posee todo lo dulce de una mujer entregada al amor por su tierra ,su pueblo ,sus tradiciones y es el reflejo de ella misma, diversa ,grande, espontánea compleja y simple a la vez, nos deja en claro desde donde viene y su eternidad.
Sueño que vengo naciendo
Desnuda de entre la nada,
Cobija sólo tengo
La neblina en la mañana.
Tenue me cubre, me inunda,
Y un rayo de sol se posa entre mi ropa soñada,
Y de mi cuello me pende
Un trozo de luna y plata.
Al mediodía me sueño con largo vestido blanco
Hecho de nube de octubre
¡ay, Dios! Y no he de mancharlo.
Y floto entre el infinito, Por no querer ensuciarlo.
Por la tarde ¡Dios bendito!
Sueño entre una llamarada
De nube de fuego y viento, De placer y tibieza.
¡Ay no me quiten la tarde,
ni mediodía ni noche,
si en madrugada despierto recordando algún dolor,
querré yo seguir soñando,
porque soñar es mejor.
Faumelisa Febe Manquepillán Calfuleo es poeta de las palabras y del alma, desde niña se interesa por la cultura mapuche
Irene vino al mundo en un campo de trigo, en el campo que su madre segaba a jornal cuando le vinieron los dolores del parto.
Tenía 14 años, había crecido entre pinares, junto al fragante aroma de la resina de los pinos y el dulzón y acre olor del ganado. Era la mayor de seis hermanos. Sus padres eran jornaleros en el campo, su padre de cuadrilla y su madre solo en ocasiones, cuando su vientre que se resistía a quedar vació por mucho tiempo se lo permitía.
Con sus cortos catorce años, Irene era feliz, había poco que comer y poco que vestir, pero ella gozaba de esa felicidad que se tiene cuando el futuro todavía no esta escrito.
Aquel año el invierno fue extremadamente duro, el trabajo escaseaba en el campo y la despensa estaba más vacía de lo habitual; por eso no resulto extraña la visita del párroco, no era la primera vez que pasaba por la casa de Irene con un cestillo con patatas o legumbres, hecho que se celebraba en la casa con desmedida alegría.
Miguel, el padre de Irene miro al cura y el desencanto apareció en su rostro, no traía ningún paquete consigo.
-Miguel traigo buenas noticias. -Usted dirá Padre- los dos hombres se sentaron junto al hogar. -Miguel, ya sabes que mi hermana vive en la capital… pues bien, me ha escrito y me ha dicho que unos señores que ella conoce… de muy buena familia por supuesto y muy bien situados…. Bien…. esos señores necesitan una chica para las faenas de la casa, la mujer que tienen desde hace años se ha puesto enferma y ha tenido que partir a su pueblo con el fin de restablecerse- -¿Y eso padre, que tiene que ver con nosotros? - pregunta el jornalero todavía decepcionado por la ausencia de las dadivas comestibles del cura- Además, ya sabe que Maria esta encinta otra vez, por lo que no es el mejor momento para que se ponga a servir, ya sabe usted lo mal que se pone cuando esta preñada. -Tranquilo Miguel, déjame acabar y lo entenderás.
El cura mira a Miguel con cara de satisfacción, -No es en Maria en quien hemos pensado mi hermana y yo, es en Irene, es una buena chica y muy trabajadora Miguel, seria un trabajo estupendo para ella y sobre todo para vosotros; tendrá que vivir en la casa por supuesto, pero el jornal no esta nada mal, tendrá comida y ropa… seria una solución para todos-
Miguel mira a Maria de reojo y esta asiente.
Irene se marcho un domingo de casa; en un pequeño atillo llevaba todas sus pertenencias, una muda, un par de medias que habían pertenecido a su madre y una bata heredada de una tía que había muerto en primavera; en un paquetito atado con un trozo de cordel guardaba la comida para el viaje, una cebolla y un trozo de pan negro. -Madre, no quiero marcharme- dijo Irene con los ojos húmedos mientras recogía sus pocas pertenencias-Yo puedo ir a la era con padre, o ayudar a la tía Engracia en la tienda, seguro que me da algo a cambio de ayudarla.-
-No digas tonterías- contesto su madre, sabes que somos muchos en casa y no hay casi para comer, es un buen trabajo, así que déjate de remilgos y pórtate bien con esos señores, deja ya de hacer pucheros como una niña pequeña y suénate los mocos.
Irene miro a su madre, esta, era una mujer curtida por las necesidades, dura y fría como el hielo, jamás se dejaba llevar por tonterías sentimentales, su filosofía se basaba en que los sentimentalismos no dan de comer, por lo que era absurdo perder el tiempo con ellos. Irene hubiese dado cualquier cosa por un beso y unas palabras tiernas de su madre.
El viaje duro un día entero, Marcelo, el capataz de las fincas que daban de comer a casi todo el pueblo, marchaba hacia una pedania cercana a la estación de tren por asuntos del amo, por lo que la llevo en el carro hasta el apeadero más cercano, desde allí Irene hizo el camino andando hasta la estación donde debía coger el tren que la llevaría a la capital. Una vez en la ciudad, la esperaba una sirvienta que trabajaba para sus nuevos señores, una mujer vieja y enjuta, con la apariencia de una rama seca y retorcida de sarmiento, que apenas abrió la boca durante todo el camino hasta el nuevo hogar de Irene, hecho que esta agradeció , se sentía tan aturdida que era incapaz de hablar.
Así comenzó Irene a escribir su viaje hacia el destino.
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Maria daba el pecho al pequeño nacido apenas un mes antes, mientras, Miguel intentaba atizar el fuego en el hogar; había llovido mucho las ultimas semanas y la leña estaba húmeda, un ligero humo llenaba toda la estancia, daba la impresión que la niebla que flotaba abajo en las eras se hubiese colado dentro de la casa, prolongando el aspecto irreal del paisaje dentro de la pequeña habitación.
-¡Padre! ¡Padre!- Jacinto, el segundo de los hijos entro corriendo en la casa- -¡Padre! ¡Irene!, Irene viene por la cuesta, es ella seguro.
Maria y Miguel se miraron.
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-Eso que dices no puede ser verdad, seguro que son imaginaciones tuyas, el padre Antón dice que es una de las mejores familias de la capital. -Hija ¿Estas segura de lo que dices? -Si padre, creame, no miento, ese hombre… ese hombre me da miedo… Si supiera usted como me mira… y me persigue… cuando nadie le ve. Si supiera lo que me dice… Irene sollozaba de manera callada mientras hablaba con sus padres.
-Estas confundida, seguro- Maria mira con gesto recriminatorio a Irene-Lo confundes todo, no eres más que una niña que ve fantasmas donde no los hay…
Irene volvió dos días después a hacer todo el camino de regreso al infierno; sus padres decidieron que los nervios y la lejanía del hogar producían extrañas visiones en Irene, que ningún fundamento sostenía sus extrañas ideas, ni siquiera comentaron nada con el padre Antón, valedor de aquella destacada familia. Irene tenía que regresar, debía hacerse adulta y si daban pábulo a sus fantasías difícilmente lo conseguiría.
La primavera se agotaba y el verano llamaba ya a la puerta. El día que regreso Irene ni una sola nube manchaba el cielo, una ligera brisa mecía los campos de cebada recordando un inmenso mar de reflejos verdes.
La vieron en la puerta cuando regresaban del pinar, acurrucada junto al banco de obra que rodeaba el porche. Parecía dejada caer, inmóvil, como una estatua a la que el tiempo ha borrado los perfiles. Lo único que aun parecía tener vida en ella, era su mano derecha que aferraba con fuerza una carta.
Todo lo que sucedió después fue confuso, Irene no hablaba, se dejaba llevar como un muñeco de aquí para allá sin decir palabra, sin que sus ojos miraran, solamente aferraba la carta, sin soltarla, como si esta fuera un puente entre ella y el mundo exterior.
Tuvieron que arrancarle la carta de las manos y mandar llamar a Don Antonio, el medico del pueblo de al lado, con el fin de que reconociera a Irene y les leyera la carta; eran muy pocos en los alrededores que supieran leer.
La carta era de la señora de la casa donde Irene había estado trabajando, y en ella mostraba su más absoluto rechazo al comportamiento de Irene, comportamiento que la obligaba a despedirla de manera fulminante. Irene había resultado ser en opinión de aquella sensata mujer poco más que una mujerzuela, indigna de seguir trabajando en aquella respetable casa. No solo era evidente su comportamiento atrevido y procaz para con el señor, si no, que eran evidentes sus intenciones inmorales con el mismo. La prueba de todo esto era la más que evidente preñez de Irene, de la que le era imposible dar razón a su familia a causa del disoluto comportamiento de la muchacha, solo Dios debía saber que pobre desgraciado podría ser el padre de la criatura que Irene llevaba en su vientre.
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La partera la animaba a gritar, le decía que ayudaba a soportar los dolores del parto, pero Irene solo apretaba la boca, ningún sonido salía de su garganta, era así desde el día que regreso. En casa al principio se preocuparon, pero el paso de los días y semanas sin que la actitud de Irene cambiara, había conseguido que terminaran por aceptarlo.
-Mira hija- dijo Maria mostrando un pequeño bulto arrugado y oscuro que no paraba de gimotear - Es una niña, mira a tu hija Irene-.
Irene miro a su madre y por primera vez en meses mantuvo la mirada fija. -No entiendo lo que dice madre, no se de donde se ha sacado la loca idea de que eso que lleva en brazos es mío. No tengo ni idea de lo que me habla, no tengo ninguna hija, solo tengo quince años madre, como voy a tener una hija-. Irene sintió que un confortable vació la llenaba, noto la caricia de la nada, la dulzura del frió que empezaba a instalarse en ella y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la felicidad.
A la niña la llamaron Juliana; Juliana se convirtió en la hija pequeña de Maria y Miguel y nunca llamo madre a Irene, ni esta, la miro ni la trato nunca como a una hija.
Pasados muchos años Irene se caso con un pastor de un pueblo colindante, tuvieron siete hijos y vivió una larga vida llegando a los noventa y ocho años de edad.
Juliana por el contrario siempre vivió sola, pasando de ser la hermana de su madre, a la tía de sus hermanos, nunca se caso ni tuvo hijos; ya anciana, una mañana de invierno se tiro al rió, acabando así toda una vida de suplantaciones, donde ella nunca tuvo la palabra ni fue nunca la que era.
Irene fue mi bisabuela, nunca la conocí. Mi madre guarda una foto de ella, una vieja imagen descolorida por el paso del tiempo, donde se ve a una anciana minúscula y arrugada, que más bien parece un nogmo que una mujer. Mi madre dice que fue una mujer seria y adusta, que nunca daba besos ni sonreía, pero que cualquier excusa la servia para dar un buen pescozón.
Provengo de una larga estirpe de mujeres frías como el hielo y duras como las piedras, donde el deseo de sobrevivir las convirtió en estatuas de sal, mujeres que eligieron el vació al sufrimiento, quedando su impronta plasmada en los genes, como una especie de antídoto o legado para las siguientes generaciones.
Creo que en mi caso todavía no esta todo perdido, lloro a menudo (pero solo, cuando no me ve nadie).
Ángeles muchas gracias por compartir esta historia.... cuántas habrá como ellas, cuántas mujeres que nunca se animarán a hablar....Gracias de corazón por tu colaboración.Mi querida Ángeles de España
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Comentario Este libro se puede conjugar: Yo manipulo, Tú manipulas, Él manipula, íTodos manipulamos alguna vez! Con descripciones y ejemplos reales, las licenciadas Graciela Chiale y Gloria Husmann demuestran que estamos rodeados de manipuladores peligrosos, y ayudan a detectar las formas en que muchos lobos se disfrazan para devorar Caperucitas. Un verdadero manual para descubrir las trampas de la manipulación, y aprender a decir íBasta!
Vasos vacíos
Sin darme cuenta, cerré mis ojos, bebí de mis lágrimas y el 2010 me encontró sin llamarme
Una mujer
Una mujer hermosa agrada a la vista, una mujer buena agrada al corazón; la primera es una joya, la segunda un tesoro. Napoleón
Madre
Yo alabo al Eterno Padre, no porque las hizo bellas, sino porque a todas ellas, les dio corazón de madre. José Hernández
Una gran mujer
Muchas veces basta una palabra, una mirada, un gesto para llenar el corazón del que amamos.
Grandes mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz
"En un amante no hay risa que no se altere con llanto."